martes 3 de noviembre de 2009

MEMORIA DE UNA ENTRADA


Mi padre subía las escaleras con parsimonia mientras mis cuatro años tiraban de su mano con premura, ajeno a esa sonrisa guasona dibujada en su cara. Los tirones se hacían más tenaces, pero de nada servían, su paso se retardaba. El último peldaño del vomitorio se me hacía tan largo como para el Apolo el vuelo a la Luna ese mismo año.


Debió percibir entonces que mi prisa se tornaba en angustia, porque suavizó su resistencia hasta verme encumbrar la escalera. Ahora lucía una sonrisa tan desmedida como mi asombro. Perplejo por la luminosidad del césped, subí la grada sin perder de vista el colosal espectáculo de aquella noche. No era mi primera visita al estadio, pero siempre habíamos ido en pleno día, con el sol y mi padre empeñados, uno en incordiar por el suroeste, y el otro en colocarme la visera de cartón.

Esta vez todo era distinto. Los focos no deslumbraban, el color de las banderas era más limpio, la hierba casi podía olerse, incluso juraría que entonces descubrí que en las gradas de enfrente estaba el palco, oculto entre sombras en las tardes de abril y nítido esa noche de diciembre.

El tiempo fue envolviendo en su maraña de desmemoria detalles como cuál era el equipo visitante o con qué resultado acabó el partido, pero no pudo con mi emparedado, que por obra y gracia de la mantequilla hube de comer extracorpóreo, con el jamón serrano fuera del pan de molde; tampoco logró encubrir la bufanda, de suaves flecos bicolores a ambos extremos, que mi padre me restregaba por la nuca cuando me veía perder la noción del partido, quizá porque él también la perdía; y nunca olvidaré su semblante risueño, gozoso, cogiendo mi mano en el punto perfecto de presión: ni con fuerza, ni lacia, sino con la firmeza justa, la que desprende cariño y seguridad.

Diez años después regresé a aquel estadio. Durante ese tiempo viví con mi padre muchas tardes y noches de fútbol en las que canté goles, mecí banderas, merendé en los descansos —“Mamá, por favor, el jamón serrano en pan de barra”—, intenté silbar a los árbitros y me puse de pie sobre el frío cemento de la grada mientras a mi alrededor se escuchaban las maldiciones más horrendas por un penalti sisado. Vi jugar a Quini, a Luis, a Cruyff, a Gárate, a Pirri, al Castellón, al Elche, al Barça, al Celtic, y desvariar a Guruceta, pero de todo eso no me queda constancia, es como si mi padre hubiese arramplado con todos aquellos recuerdos cuando nos abandonó a este mundo y a mí.

Es una sensación peculiar, porque atesoro recuerdos tan vívidos como el despiadado olor de puros, humeantes de sufrimiento; las noches de bufanda enroscada y tortilla francesa tibia entre pan blandengue; la grada oculta bajo un tapiz de cáscaras de pipa y los labios salados e insensibles; el gesto ceñudo de mi padre atento a la jugada, recordando entre dientes a los familiares directos de nuestro delantero por errar el disparo; el terreno de juego convertido en un florido jardín de almohadillas; la salida del estadio con paso corto y cauto, unas veces llevados por el entusiasmo de la victoria, otras mordiendo silencios hasta digerir el marcador, mientras yo aferraba con más fuerza la mano de mi padre al adentrarnos en la penumbra de vomitorios y pasillos rebosantes de almas derrotadas.

Más de diez años después, me vi solo en estadio. En ese tiempo mi vida había cambiado tanto como yo mismo, todo un adolescente salpicado de acné y miedos, en guerra conmigo y con el mundo.

Era una tarde de primavera tardía y el sol quiso hacerse el importante brindándonos su más ardiente abrazo. Sudando, alcancé la grada bien sujeto a una botella de agua fresca y a mi entrada. La había sacado el día antes, tras media hora de fila contando con disimulo una y otra vez el dinero que guardaba en el bolsillo del pantalón, sin sacarlo, tratando de reconocer la cara del rey con la yema de los dedos. Mientras aguardaba el turno, varias dudas irrumpieron con violencia en mi cabeza y arremetieron contra mi propósito de ver aquel partido: ¿Por qué estaba allí? ¿Cuánto tendría que ahorrar para reunir otra vez tanto dinero? ¿Qué buscaba? Apuntalaba mi determinación cuando me di de bruces con la taquilla. Pedí la entrada y reconté el dinero. Era la primera vez en mi vida que pagaba por ir al fútbol.

Crucé la puerta de acceso entre empujones, rodeado de cientos de personas, pero me encontraba solo. Busqué asiento sorteando rodillas, entre resoplidos y briosos abanicos, con el mismo sol de la infancia afanado en derretirnos a todos.

Guardé la entrada en el bolsillo de atrás del vaquero y me senté sobre la grada de cemento que calcinaba algo más que mi memoria. No podía permitirme otra botella de agua, de modo que traté de racionarla.

El partido ya estaba en danza, con los jugadores sopesando las ganas de correr de los contrarios. Juraría que mi equipo se empeñaba en cargar el juego por la banda derecha, la que da al sur, poseedora de una creciente sombra gentileza del graderío de enfrente. Creo que parecían confiados, con demasiado toque en el centro del campo, esperando al valiente que se desmarcase para despacharle un balón de largo recorrido que las más de las veces se iba derechito fuera. Creo, porque no estoy seguro, no me fijé demasiado. Tres a uno. Final.

Esa tarde no vi el partido, sólo reposé mi adolescencia al sol mientras merodeaba por esa infancia que un año atrás había dejado encerrada en la habitación de un hospital.

Permanecí allí sentado, con las piernas encogidas para permitir el paso de los gozosos aficionados que no sé si disfrutaban más del resultado o de la expectativa que la sombra de los vomitorios les ofrecía.

Debió transcurrir un buen rato hasta que me levanté. Tenía las piernas dormidas, de modo que permanecí en pie un momento para luego dirigirme a la salida. Los pasillos estaban vacíos, todo el ruido y la alegría se derramaba por las calles en charcos de colores y sonidos estrepitosos. Como un náufrago rodeando su isla, deambulé por los pasillos, por el esqueleto del estadio, sin ser consciente de ello. Volví a salir, o a entrar, hacia el graderío, donde el silencio lo envolvía todo Proseguí en mi papel de Robinson paseando melancolías entre el cemento. Fue entonces cuando le vi, con su caminar parsimonioso, las manos entrelazadas en la espalda, mirándome del mismo modo que lo hacía antes, cuando vivía.

Aquel día de junio, aquella calurosa tarde de domingo, caminé junto a mi padre, pude verle con tanta nitidez que me fue imposible sentir miedo. De haber sido una presencia lejana, espectral, impávida, mis venas habrían pasado a contener granizado de cero negativo, pues siempre fui un perfecto miedoso, un cagueta de libro que dormía con la cabeza bajo las sábanas y encendía cada luz de la casa a mi paso, creo que tras ver al Conde Drácula recibir un estacazo en blanco y negro en pleno corazón. No, mi padre no se presentó en actitud fantasmal. Sonriendo, nos acompañó a mí y mi perplejidad por el graderío y me habló con esa cachaza andaluza que siempre le dio un aire tan formal.

— Ese agua tiene que estar ya caliente —dijo señalando la botella que aún sostenía en mi mano.

— Ya.

Nos mirábamos con curiosidad: él buscaba al preadolescente timorato que hablaba en susurros y a quien tenía que echar de casa para que jugase con otros chavales, mientras yo me pellizcaba las cutículas con desazón a la espera de un despertar sobresaltado, sin poder apartar la vista de esa media sonrisa de mi padre, la de la placidez de las tardes de domingo sin salir de casa, la de llegar del trabajo, la que me habría gustado ver cada día de mi infancia, la que esperaba encontrarme una noche de hacía ya trece meses al levantar el médico la sábana con la que le cubrieron cuando dejó de respirar, en aquella inhóspita y gélida sala tras cuya puerta, velando al cadáver de mi padre, dejé la niñez y la memoria.

Quizá por eso me miraba expectante, intrigado por saber de dónde había sacado el arrojo de ir al fútbol, de ir a algún sitio yo solo. Transmitía serenidad y respeto, como cuando su carácter solemnemente socarrón lograba subyugar al genio escondido en su interior, ese dragón blasfemo que bramaba al extraviar la paciencia. No parecía escudriñar mis pensamientos, ni mi postura, ni mi gesto, lo que me resultaba reconfortante. Más bien trataba de decirme algo, puede que cariñoso, y por eso le costó tanto arrancarse.

— Estás muy bien.

Hilvanó las palabras con parsimonia, con su mirada a la altura de la mía, perspectiva que nunca antes tuve frente a él.

— Pues no lo estoy.

Era estúpido mentirle si hacía caso de la creencia de mi abuela, según la cual los difuntos estaban al tanto de todo, así que ignoré a esa enfermiza prudencia que aún me persigue y le arrojé un afligido reproche.

— No, no estoy nada bien. Vivo muy lejos de casa, de mis amigos, encerrado, sin ganas de nada.

— Volviendo al pasado no estarás mejor —dijo mi padre sin perder la leve sonrisa. Maceré esa idea por un momento, como hacemos los inseguros con cualquier planteamiento diferente al nuestro. Después, sin darme cuenta, sucumbí a su tono sosegado, imitándole, igual que de pequeño.

— Sólo quería recordar cómo era ser niño y pensé que éste sería un buen sitio.

— Claro, pero has tenido que pagar tu entrada. De niño no tenías que hacerlo, para eso estaba yo. Ahora ya caminas sin darme la mano. La vida te está haciendo pagar un precio, pero veo que tienes suelto para darle lo que te pida.

— Yo… —claudiqué— lo que en realidad quería es que me perdonaras.

— No, hijo. Has venido para perdonarme a mí.

A través de las lágrimas, inoportunas como siempre, distinguí algo más que el regalo de su sonrisa, esa sonrisa alivio de mi carga de porteador de culpas. Percibí en sus ojos algo especial que no sabría definir, delicioso y limpio.

Entonces recordé haber visto esa mirada sonriente la mañana en que logré rodar la bicicleta unos diez metros sin rebanarme las costras de las rodillas. También muchos viernes, al entrar en casa y entregarle los resguardos de las quinielas y las vueltas del dinero que me había dado para echarlas; o al final de una evaluación de buenas notas. La pude ver cuando mis silencios permitían al dragón entrar en un apaciguador letargo. No me atrevo a asegurarlo, pero creo que su mirada reflejaba esperanza. Esperanza en mí.

Quería abrazarle, que me raspase la cara de nuevo al darle un beso, volver a sentir su mano endurecida de berbiquíes, formones y garlopas, jugar con él a la escoba, escuchar su risa ahogada y sus zapatos frotando el felpudo de la entrada. Quería decirle todo lo que las prisas de la muerte no me dieron ocasión de decir. Quería perdonarle.

Lloré sin contención y sin pudor, dejándome arropar por el desconsuelo. De pronto, una voz estridente me hizo girar la cabeza.

— ¡Eh, tú! ¿Qué haces ahí?

El de la gorra me observaba levantando ambos brazos como un águila cabreada. Me volví hacia mi padre, pero ya no estaba. Lo busqué con la mirada y no lo encontré.

— ¿Qué pasa, que no me oyes? —gritó de nuevo— Anda, ven aquí de una vez.

Volví a girarme en busca de mi padre. No había rastro. Maldije a ese cretino esmirriado con la gorra hasta las cejas que había roto mi llanto y alejado a mi padre. Caminé hasta el portero, mirando hacia atrás a cada paso.

— Ya eres mayorcito para llorar, ¿no te parece?

Sin contestar, le seguí por pasillos y escaleras hasta un amplio espacio lleno de coches limpios y caros. Un grupo sonriente charlaba con un hombre rubio, de pelo largo y rizado, que firmaba papeles sin parar junto a un deportivo rojo.

— ¿Y tu entrada? —me dijo el portero de la gorra.

— Aquí —dije mientras la sacaba del bolsillo trasero del pantalón.

— Pues, hala, aprovecha y que te la firmen antes de que se vayan todos —dijo palmeando mientras se alejaba.

Durante un rato miré la entrada en mi mano. Mustia por el calor, colgaba sin vida. Se desharía en hebras al primer intento de ser firmada y yo quería conservarla como recuerdo, como símbolo de algo que mi padre me había tratado de explicar a su manera. Aún saboreaba el regusto la conversación con él y no quería perderlo, no quería empañarlo hablando con nadie.

Encaminé mis pasos hacia el portón por el que se disponía a salir uno de los jugadores en su coche. Todavía con la entrada en la mano, me crucé con un trajeado, famoso y risueño jugador de mi equipo que llevaba una bolsa de deporte colgada del hombro. Antes de que pudiese reaccionar, cogió mi entrada mientras en la otra mano sostenía un bolígrafo dorado. De puro ajada, la entrada se partió en dos, cada uno nos quedamos sujetando un trozo de papel marchito. Reía la gracia el centrocampista del boli de oro cuando le pegué un tirón del trozo que él sujetaba. Le miré furioso por haberla roto y me salió una palabra, sin pensar.

— Gilipollas.

Salí a la calle, a la luz, al aire, porque me estaba ahogando.

Puse los dos pedazos de la entrada juntos y los sujeté con fuerza mientras me secaba las lágrimas con los nudillos, camino de vuelta a casa.

Todo esto sucedió un caluroso día de junio, a punto de finalizar la liga. Fue el día que perdoné a mi padre.


jueves 17 de septiembre de 2009

LA FRÍA SALA


Fría sala que nos recibe en febrero
con triste silencio mordido de rabia,
mis pies añoran calor de brasero,
mis manos empuñan impaciente calma.

A la blanca luz de la fría sala
enlutadas togas formulan sus cargos
unas envuelven juristas con alma,
otras sólo abrigan mezquinos letrados.

Gélidas miradas tras grueso cristal,
enfrían más la sala, puñales de nieve,
risas aliadas de la muerte y el mal
calientan mis venas de sangre que hierve.

Sentamos la ira en bancos de madera,
compartimos frío, nervios y sopor,
arañazos de furia en la cristalera
sólo reprimidos por nuestro dolor.

A plomo van cayendo hirientes palabras
que niegan certeza, razón y verdad,
mentiras infames que al pecho se clavan,
sin arrebatarnos nuestra dignidad,

porque somos uno buscando justicia,
vestidos con lazos de negro color
en chaquetas, bolsos, abrigos, camisas,
lazos que nos unen y nos dan valor.

La paz que perdimos en cada estación
llevamos prendida en forma de lazo
y en la fría sala, sesión a sesión,
serenáis mi alma con vuestros abrazos.





Juan, abril de 2007

martes 28 de julio de 2009

CUENTO DE AMANECER

Dedicado a mi Alba, que sin haber cumplido aún los doce años es un ejemplo de bondad y dulzura. Ella me dio la pauta del personaje, que no de su historia, pues, al contrario que la del cuento, mi Alba vive abrigada por el amor de sus padres, de su hermana y de quienes no podemos dejar de quererla.

Alba quería cambiar el mundo. Siempre había querido dar un vuelco a las cosas, agitar el planeta como si fuera una de esos regalos que a su abuela le gustaba coleccionar, con pequeños monumentos, el nombre de la ciudad y los copos de nieve flotando hasta que se volvían a depositar en el fondo.

Cada tarde en casa de la abuela se iniciaba con una rápida carrera hacia el mueble del salón, ocupando con su inmensa presencia toda la pared y repleto de esas semiesferas con las figuras, colores y nombres más variados: Roma, París, Viena, Segovia, daba igual, cualquier ciudad podía ser agitada durante unos segundos por la enérgica mano de Alba. Sin embargo, tras ese primer instante en el que apenas se podía intuir el nombre o el monumento, todo regresaba a su estado inicial. Cada uno de los copos quedaba sumido otra eternidad a los pies de la Cibeles o Notre-Dame.

Mientras era incapaz de mantener en movimiento las pizcas blancas que simulaban nieve dentro de una pequeña bola transparente rellena de agua, una infantil rabia anegaba sus ojos y se derramaba por las sonrosadas mejillas de Alba. Era el llanto de una niña de cinco años enmudeciendo un grito de paz.

Algunas noches ocurría aquello que le asustaba. En la oscuridad de su cuarto, las voces hacían embutir a Alba la cabeza bajo las sábanas, hasta que sólo asomaba un mechón de su negro pelo. A veces se oían golpes, como si las puertas cobraran vida y se cerrasen adrede una tras otra, con estrépito, incluso parecían quebrarse en miles de astillas. Esas horribles noches se hacían eternas, tan sólo quedaba esperar al silencio o a que el sol inundase de luz su pequeña habitación cuanto antes.

María, la madre de Alba, dibujaba amargas sonrisas tras aquellas agitadas peleas conyugales. Papá no se molestaba en disimular. Con fingida mueca e indiferencia, pretendían hacer creer a su hija que nada malo ocurría, que en verdad eran las puertas de la casa quienes regañaban. La falta de brillo en los ojos de María revelaba desdicha, un sentimiento que era tan palpable como la frialdad que papá y mamá mostraban al evitar mirarse.

Aquellos días tras las noches de golpes era en los que Alba lloraba en casa de la abuela, mientras trataba de poner patas arriba alguna ciudad europea, anhelando llevarse a su casa un soplo de la paz que respiraba en el siempre luminoso comedor donde merendaba tras salir del colegio. Su abuela esperaba cada tarde en la puerta, sonriente, esquivando las carreras de sus compañeros hacia los columpios, tomando su mano con delicadeza para caminar, sin prisas, el largo trayecto hasta la casa donde la anciana vivía. Cada palabra de la abuela emanaba dulzura y carecía de ese tono cargado de doctrina con que los padres hablan a sus hijos. Las tardes llenaban a Alba de alegría, de chocolate y de paz. Tan sólo algunas se tornaban de color gris, aquellas que seguían a una noche en la que el sueño había huido de casa y, asustada, la niña urgía con ruegos al amanecer para que diera por concluido el concierto de puertas.

Desde entonces lleva Alba buscando la paz, y mientras buscaba, fue creciendo.

En su adolescencia desarrolló un sentido de la justicia que llegaba a ser insoportable ante cualquier muestra de violencia, en especial cuando provenía de quien explotaba cualquier clase de superioridad, física o jerárquica. Ante una salida de tono que pudiese catalogar de violencia verbal, Alba solía salir en defensa de quien consideraba más débil, terciaba en las peleas de patio tratando de inyectar cordura entre puñetazos y patadas de los contrincantes, y se encaraba con los profesores que elevaban el tono por encima de lo conveniente o ridiculizaban a algún compañero. Excéntrica abogada de pobres, así era conocida Alba en el instituto.

Cierto día, el profesor de Química abofeteó a Luis, un desaliñado y engreído alumno que gustaba de hacer payasadas en clase para resaltar en algo distinto a su incapacidad para aprenderse la tabla periódica.

La gracia que sacó de sus casillas al docente fue vespertina —momento en que la sangre de Luis aún andaba por su estómago dejando al cerebro aún más abandonado que de costumbre— y burda. Esa tarde tiró la tiza contra el encerado mientras el señor Gamero declamaba en torno a las grandezas del Hidrógeno, justo en el momento en que giró la cabeza, bien para enfatizar su explicación o bien porque desconfiaba del estado de consciencia de sus alumnos, recibiendo de lleno la tiza justo en la ceja izquierda.

Todos miraron a Alba mientras el sonido del guantazo aún resonaba en el aula, esperando su reacción intercesora. Pero en esta ocasión no la hubo. La letrada de la defensa salió de clase sin saber quién era su cliente, aturdida como cuando ponían en televisión imágenes de manifestaciones, tiroteos, guerras, conflictos donde ella no veía más que agresores.

A los 20 años, arrastrada por el activo torrente renovador universitario y en su persistente búsqueda de la paz, se unió a un movimiento pacifista que denunciaba los intereses económicos como los motivos ocultos que movían a las grandes potencias a envilecer el mundo con guerras en países lejanos y pobres, los cuales luego había que volver poner en pie, tras derruirlos por completo.

El programa de esa asociación de impronunciables siglas era demasiado teórico para una chica como Alba, que ambicionaba resultados perceptibles y reales en su anhelo de paz. Buscaba liquidar todos los conflictos por medio de la tolerancia, el respeto, el diálogo, y aunque estaba convencida de que esos valores eran individuales y jamás podrían ser asumidos por un gobierno o, menos aún, un país, siguió aportando su granito de arena junto a sus compañeros, actuando siempre como la voz sensata que doblegaba las ideas peregrinas de quienes malinterpretaban el significado de “luchar” por la paz.

Fue allí donde conoció a Jorge, un asturiano dos años mayor, de viva inteligencia y hablar pausado, aptitudes que le impedían plasmar en palabras todos sus pensamientos por falta de tiempo y de paciencia de quien le escuchara. Quizá fue el compartido ideal de paz, su mirada triste o esa calma que le transmitía, mientras pronunciaba las palabras casi a empujones, lo que enamoró a Alba.

Jorge, por su parte, babeaba literalmente cuando, la que seis años después accedió a casarse con él, le miraba con aquellos ojos cuyos matices de color cambiaban de la miel a la avellana en función de la luz y el estado de ánimo. Y, además, le escuchaba paciente, algo insólito para quien estaba acostumbrado a aburrir a la audiencia.

Compaginaron el matrimonio, las reuniones de la asociación en busca de la paz y los libros que Jorge rumiaba para superar una oposición, que Alba había sacado un par de años antes sin apenas esfuerzo. Como profesora en un colegio de primaria, Alba podía ejercitar su innata paciencia con sus alumnos y le permitía disponer de largas vacaciones y mucho tiempo libre, el mismo que a Jorge le escamoteaba un mal repartido horario laboral en el negocio de sus padres.

Era el momento adecuado, pensaron, de tener hijos, y calcularon un año para que Jorge pudiera sacar su oposición en el Ministerio de Justicia y disponer ambos del tiempo que Alba quería dedicasen a su hija, pues tenía decidido que fuese niña. Once meses después, asomó sus pequeños pies por este mundo Clara, y digo bien, porque nació de pie, atisbando el exterior con diez minúsculos dedos, como quien mide la temperatura del agua de la piscina antes de lanzarse de cabeza.

Alba deseaba dar un hermano a Clara, pues quería regalar a su hija lo que siempre había deseado de niña, alguien con quien compartir risas, dulces, juegos, y también miedos. Pronto llegó Oscar, demasiado rubio, decía su bisabuela, presagiando todo un carácter dentro de aquel diminuto cuerpo.

Lejos de cumplir los planes, Jorge prosiguió trabajando con sus padres y renunció a la plaza obtenida en el Ministerio. Su horario no había cambiado, pero la bonanza económica cebó la cuenta corriente de la pareja e hizo que Jorge descuidara a su mujer y a sus hijos, deslumbrado por el brillo del euro y mordido por los estúpidos celos que algunos padres sienten cuando llegan a serlo, pasajeros las más de las veces, aunque no en este caso.

Pasados tres años, Jorge no había ganado velocidad verbal, pero hablaba con brusquedad a Alba, sin apenas un atisbo del respeto que en su día prometió ante el juez. Clara y Óscar eran para él dos estorbos de los que no se ocupaba en absoluto.

Pronosticando Alba los primeros acordes de un cuarteto de puertas, antepuso la estabilidad emocional de sus hijos a la estabilidad de un matrimonio agrietado. Antepuso la paz a la confrontación y al ruido de las discusiones. Preservó el derecho de Clara y Óscar a dormir sin sobresaltos, a crecer en un hogar cálido y de sonrisas sinceras.

Jorge no se esforzó en mantener vivos los rescoldos del amor por Alba, que un día fueron placentera lumbre en su corazón, ni tampoco peleó en las negociaciones económicas, pues andaba más que sobrado. Lo que entristeció a Alba fue que Jorge ni siquiera mencionase la cuestión de las visitas a sus hijos. No demostró el más mínimo interés.

Clara era inteligente y de carácter apacible, mientras Óscar desplegaba su inquieta curiosidad por todos los rincones de la casa. Crecieron demasiado rápido, acunando sus noches la paz de un hogar sin puertas, endulzando las tardes con el chocolate y la amable voz de la misma abuela de quien Alba recibió el sosiego, el respeto, el cariño y la sabiduría que le negaron sus padres.

Nuevas lágrimas sazonadas de recuerdos surcaban su madurez, mientras sostenía en las manos la puerta de Brandenburgo bajo la falsa nieve. Ya no había desazón en el llanto de Alba, simplemente añoraba a su abuela, quien había abrigado su corazón de niña, y ahora padecía el frío de su ausencia.
El deseo de paz de Alba, de cambiar el mundo, se ceñía a su hogar, todo un universo en la infancia. Era un deseo conquistado al vaivén de la mecedora de la abuela, cuyo amparo pasó a ser definitivo para Alba el día de su décimo cumpleaños, lejos para siempre de la casa de las estridentes puertas. Después, con la obstinación de las agitadas hormonas en la pubertad y la amplitud de miras a que lleva la juventud más tardía, la paz pasó a ser una recompensa que deseaba compartir con quienes no la disfrutaban, con buena parte del mundo, haciendo de ella una mujer en lucha por algo más, con un afán que aún latía en su interior sin la premura de la niñez, con la serenidad de los cuarenta pasados de largo.

Volviendo la mirada hacia el pasado, reflexionaba ahora acerca de tres preguntas que deambulaban por su cabeza: si había elegido la senda adecuada, hasta dónde alcanzaba su reparto de paz por el mundo y si el esfuerzo merecía la pena.

La primera respuesta era afirmativa, pues Alba representaba a las personas como un jardín de sentimientos que, a lo largo de la vida, van creciendo o enquistándose. El cariño, el respeto, la comprensión, la generosidad, el perdón, el amor, todos ellos deben ser regados durante la infancia por los adultos responsables de cada nueva criatura que llega al mundo, han de ser abonados para que crezcan y cuidados con esmero para que florezcan en todo su esplendor hasta que se asienten y pasen a manos de sus portadores.

Junto a estos sentimientos, también brotan la ira, la envidia, la violencia, el desprecio, el egoísmo, la intolerancia, de cuyos agrios tallos surgen actitudes espinosas. Cuando estas plantas no van siendo cortadas, permitiendo que proliferen en el alma, arrebatan el sustento a las primeras y gestan las conductas humanas más alejadas de la paz.

Si en la infancia no se cortan las malas hierbas y se descuidan las flores, el tiempo y el devenir de la vida acaban por conformar en las personas áridos jardines, grises y yermos, incapaces ya de aprovechar el agua o los esmeros de quien se avenga a cuidarlos, marchitos por la desidia.

Toda esta visión alegórica de los sentimientos humanos podría parecer casi religiosa: el bien y el mal dentro de cada persona, proliferando uno sobre otro. Pero nada más alejado de la agnóstica Alba.

Sí, la primera respuesta era sí, había iniciado el camino empezando por ella misma y, tras los fracasos cosechados, incluido el matrimonio, la experiencia había hecho que se centrase en Clara, Óscar y sus alumnos, difundiendo entre ellos la semilla de conductas como el respeto, el diálogo y la tolerancia, que siempre llevan a la paz.

En cuanto a la segunda pregunta, no podía saber aún a qué altura llegarían las ramas de cuanto estaba sembrando, pero tenía la certeza de que era posible lograr la paz llevando a cabo una construcción lógica, desde la base hacia arriba, sin pretender poner las tejas antes que los cimientos. Todo ello sin desmerecer la tenacidad y el valor de quienes luchan por una paz más inmediata.

Inabordable tratar de acabar con la violencia, con las guerras, con el hambre que provoca la desigualdad. No resulta nada alentador que una organización de países envíe soldados armados en misión de paz; ni que la respuesta contra un gobierno beligerante sea bombardear a quienes habitan el país; ni que manifestantes lancen piedras contra policías porque no les dejan expresar su pacifismo; ni que ideas religiosas alienten a sus fieles por el camino del terrorismo. No tenía Alba acceso a las mentes de los gobernantes, pero sí el amor de sus hijos y el cariño de sus alumnos, y ellos se encargarían de extender la semilla, haciendo llegar muy lejos sus futuras ramas a partir de esos remansos de paz en que había convertido su hogar y su clase.

La tercera respuesta es: por supuesto que merece la pena el esfuerzo. Pocos deseos como la paz son tan universales y, al tiempo, tan escasamente practicados. Pero Alba sentía en su interior la fuerza de la razón, empujándola cada mañana de la cama con el firme propósito de seguir contribuyendo a la paz, de seguir demostrando el principio de que “todo conflicto que se sumerge en un diálogo genera una reacción conciliadora”. En caso de no hacerse así, se obtiene una reacción siempre desmesurada que genera violencia, que a su vez engendra otra larva de ira y venganza que repta como una serpiente por el corazón de las personas, inoculando ese veneno que envilece y se instala bajo las gorras de bandas urbanas, bajo la pistola de terroristas, bajo las barbas de guerrilleros míticos. Ese veneno, a veces, se transmite tan sólo con la mirada. Claro que merece la pena el envite.

Si el concepto de paz de Alba se extendiera junto a su tesón por llevarlo a la práctica, las ramas llegarían a crear un tupido bosque de frondosos árboles, algunos de los cuales podrían alcanzar las cumbres donde se dilucida el futuro de las personas, de los países, aportando sensatez a los gobiernos.

Y si Alba hubiese nacido hace siglos, la condición humana sería la misma, pero se habrían evitado muchas peleas de patio, discusiones, altercados, agresiones, abusos, mujeres asesinadas, niños maltratados o empuñando armas en la guerra y, quién sabe, si muchas lágrimas de marzo.

El empeño de Alba podría ser el inicio de algo nuevo, pues no en vano tiene nombre de amanecer.

martes 21 de julio de 2009

POEMA DE CULPA



Desgarran la mañana calma
sirenas aullando junto al tren,
como golpes resuenan en mi sien
ulular que atormenta mi alma.

Te anuncian, pero tú no estás aquí,
la prudencia hizo encaminar
los pasos hacia el que era mi lugar
y me dejas dos minutos tras de ti.

Todos bañan mi culpa con la suerte
nadie sabe cuál es la realidad,
agria pena que inunda la ciudad,
no sé si seré capaz de verte.

El llanto que derrama la inocencia
fustiga nuestro miedo a lo peor,
amarga es la premura ante el temor
de alcanzar el lamento de tu ausencia.

Los lobos acechan ya en tu puerta
sus dientes afilados como sables
esperan impacientes a que hables
y sólo al escucharte dan la vuelta

Guardián ferviente de tu cordura,
despojo de alma en pos de fe,
ignoro la verdad de lo que sé
custodio la prisión de mi tortura

En ser losa fría de mi castigo
insiste el frágil llanto de tu voz,
aún más huérfano en el viaje más atroz
de tu perdón siempre seré mendigo.

marzo de 2004

martes 14 de julio de 2009

LA ESTACIÓN HABITADA

Entre la depresión del Guadalquivir y la arrogancia de la Bética se ubicaba Villa de Vega, discreta y resignada a permanecer en el destierro de la civilización. Alejada de todos sitios, sus caminos hacían honor a la amarga soledad del olvido, agitando las almas de quienes los transitaban, de puro tortuosos.

Villa de Vega pasó desapercibida para la historia: no consta en sus anales ningún hecho no ya de importancia, sino acaso interesante, del que poderse jactar o avergonzar. Tampoco hay referencias a la localidad en libros distintos de los mapas. Se desconocen personajes históricos que hubieran nacido, habitado o siquiera pasado por Villa de Vega, nombre que le debe a un ilustre corregidor, quien se sirvió de sus caudales para rebautizar la antigua Alfagra Alta como Villa de Vega en 1653. Lo de ilustre debía venir de ilustrado, de ahí que le pareciese de poca entidad un nombre tan “profundo” para un pueblo al que trataba de dar altura y monedas que echar a su bolsa. Lástima que tampoco en el siglo XVII las rutas comerciales hiciesen por llegar hasta allí, por más que el tal emprendedor allanase caminos y comprase voluntades, quizá sólo bien pagadas por lo que se refiere al nombre de Villa, que no título.

El caso es que no cuajó su empeño comercial por ilusorio: en los más de doscientos años transcurridos desde que el primer labriego, azadón en mano, comenzó a quebrar la tierra regalando una acequia —de ahí su nombre primigenio— a la pequeña explanada donde cultivó, hasta la fallida aventura de Morestes, que así se llamaba el ilustre, quienes allí moraron tenían las miras a poco más de media legua y sus mulas apenas conocían caminos. Y así continuó siendo incluso con nombre nuevo.

Trascurrieron los años sin que los acontecimientos hiciesen excesivo caso del pueblo, sus gentes y sus tierras. Hasta que en 1888 alguien tuvo una visión, pero nada que ver con vírgenes bajo un olivo. Fue un ingeniero llamado Pedro de Suelva, Don Pedro para los empleados de la compañía de ferrocarriles. El ingeniero tenía el encargo de modificar el trazado de la línea ferroviaria que debía unir la capital del reino con la costa malagueña. Como si de un puzzle se tratase, la línea se había venido construyendo por tramos desligados unos de otros para luego unirlos todos, prolongando las vías sin interrupción hasta casi el mismo mar.

Don Pedro no llegó a ver concluido el trazado en su totalidad, aunque su maltrecho hígado sí le permitió ver inaugurada, sin gran alharaca, la estación de Villa de Vega, aquel rincón olvidado que él había puesto en el mapa como solución a un problema presupuestario: costaba muchos millones de reales más horadar un par de montes que zigzaguear el trazado de los raíles hasta ese pueblo perdido y construirle una estación.

Así, en 1890, nació la estación de Villa de Vega, construida a tal distancia del pueblo que desde el andén daba la sensación de estar en medio de la nada, no había signos aparentes de vida a su alrededor.

Fueron pasando los años. Pocos trenes tenían parada en la estación y casi todos pasaban urgidos de carbón y retrasos, como si aquel pueblo fuese idóneo para recuperar el tiempo perdido en otros lugares. Las salamanquesas eran los eternos viajeros del andén, más concienzudas que el propio Jefe de Estación, señor Montilla, pendiente del culo de sus gallinas y no de la vía. Por eso siempre replicó a quienes le tachaban de lacio que donde realmente se “tocaba los huevos” era en su corral y por docenas.

Un buen día de 1935, el tal elemento Montilla, más curtido y mejor remunerado entre plumas que bajo la gorra, cerró la puerta del despacho y se trasladó en un camión con sus aves a Granada, donde el aire de la Alpujarra intensificaba la producción de huevos, según le había contado un primo suyo. Desde entonces anduvo huérfana la estación.

Ni maquinistas ni fogoneros le habían visto en meses al pasar sobre sus trenes, al igual que tampoco el pagador le había encontrado en la colateral, donde el señor Montilla debía desplazarse cada mes a recibir su salario.

Durante algunas semanas el tren correo paró a diario en la estación de Villa de Vega. Un empleado bajaba al andén a buscar al señor Montilla, pero al encontrar cerrado el despacho del susodicho y no ver casas cercanas donde preguntar por él, dio parte y la compañía de ferrocarriles entendió que el Jefe de Estación debía de haberse marchado del todo. Como casi ningún tren paraba ya en la estación, se desentendieron de ella y la sumieron en el abandono, si es que se podía estar más olvidada.

En agosto de 1936, la plaza del pueblo estaba perfumada de naranjos y empedrada de cantos, con su pilón seco envidiando el eterno charco en la fuente de la esquina. Carros aún tirados por mulas la atravesaban de norte a sur, temblando sobre el cantizal y acunando el bostezo de los perros. Las tardes del sofocante verano dejaban vacías sus calles, arrulladas por chicharras. Todo el pueblo se esmeraba en estar inmóvil, tratando de evitar la fatiga que lleva al sudor, bajo los olivos, los cañizos, en los patios floreados o en la iglesia austera cuyos gruesos muros le otorgaban la gracia divina del frescor. No es que Dios reuniese a sus corderos por piedad y fe, era el párroco quien acogía a sus compadres de mus, pues la taberna no ventilaba bien a esas horas.

La guerra había alcanzado Villa de Vega sólo en papel: cartas y diarios, nada de ejércitos ni bombardeos. El aislamiento otorgaba al pueblo su propio carácter, una endogamia que mesuraba las posturas políticas ciñéndolas a un ámbito no más amplio que la silueta de los olivos recortando el horizonte.

No ocurría lo mismo en Castillares, donde su alcalde ejerció con canallesco gusto la afición por delatar a todo bicho viviente de ideas o conductas inadecuadas, conforme a su criterio, claro está. Se le escapó el Jefe de Estación el año pasado, pero tenía en el punto de mira a Cano, que se jactaba de librepensador de izquierdas; a Tirso y esposa, peleados con la iglesia, quienes jamás pisaban la casa de Dios porque decían “no querer incomodar a un anfitrión de tal linaje” y tan ocupado que permitía a su mayordomo saquear la alacena y la bodega del señor a diario, y los domingos dos veces; a Marcelino, que aireaba sus ideales de igualdad ente copas de anís y órdagos a la grande. Todos ellos, junto a algunos dudosos, dejarían el pueblo una madrugada, negra de grillos, bochornosa en toda la extensión de la palabra.

Don Emilio, el maestro, estaba también en la lista, al igual que muchos de los educadores de la comarca, de la provincia, del país entero. La guerra y su prestigiosa amiga, la venganza, esquilmaban las ciudades y los pueblos de educadores por temor a la influencia de sus ideas no sólo sobre la infancia, sino sobre una población muy poco ducha en las letras. Pero la bochornosa noche de los grillos no apareció Don Emilio en su casa. El camión partió sin él. Las noticias de la persecución a los docentes había llegado hacía semanas a Villa de Vega y varios vecinos entendieron que su maestro podría estar en peligro, de modo que se organizaron para buscarle un escondite. Pensaron en sus propias casas, pero podían ser registradas; la iglesia no era tampoco buen lugar; la casucha del olivar era pequeña; la estación, ése era el lugar más adecuado. Todos conocían la ausencia del Sr. Montilla, los trenes no paraban ya y desde el pueblo no se veía el edificio. Hasta allí condujeron a Don Pedro, sudoroso y soñoliento, la madrugada anterior a que acudiesen a invitarle a un paseo en camión.

Entre Tirso —desdichado fin tuvo al día siguiente— y el señor cura dispusieron un camastro tras abrir con un alambre la cerradura del despacho del Jefe de Estación, donde el maestro debería permanecer oculto. Le dejaron sábanas, algunas hogazas de pan, queso y chorizo en aceite en tres grandes tarros, tranquilizando su temor a quedar olvidado en aquél lugar y a morir de inanición, pues en unos días, a lo sumo dos semanas, volverían con más provisiones, pues era de prever que le buscasen durante un tiempo. Tras marcharse sus bienhechores tanteó el lugar sin aventurarse a salir al andén. No era demasiado pequeño, estaba repleto de polvo, pero tenía una bonita mesa de madera noble y una silla tapizada. En el cuarto de baño que había al lado, un grifo que aún dispensaba un hilo de agua. Cuando fuese de día, la única ventana permitiría entrar la luz pero no la curiosidad, pues Montilla la había cegado con papel cebolla.

Empachado de queso tras días royendo el pan más que duro, Don Emilio pasaba las horas leyendo manuales de circulación, pues en su huída tan sólo pudo rescatar a Espronceda y su salmantino Félix de Montemar, que podía recitar casi de memoria. Al décimo día, desconocedor del infausto fin de su salvador Tirso ni del párroco, tuvo que salir al andén. Aunque el edificio era sólido, aquél caluroso septiembre se colaba por cualquier rendija y el sofoco, puede que más fruto del miedo, le aventuró al exterior.

Dejó que oscureciera un poco más y abrió con cuidado la puerta. Varias salamanquesas parecían estampadas en la pared, al acecho de mosquitos incautos. Alcanzó el final del andén y miró en dirección al pueblo. Nadie. Anduvo al otro extremo, donde se encontraba la estancia que hacía las veces de almacén y deberían estar los cambios de vía, en caso de haber contado Villa de Vega con más de una vía. Tampoco había nadie. Confiado, dejó la puerta del despacho entreabierta para renovar el espeso aire.

A la vista de la estación, del más que escaso tráfico ferroviario que la ignoraba y de las funciones marcadas en los manuales de circulación, casi entendía el maestro la indiferencia con que Montilla se ocupaba de aquello.

Sólo el miedo, y nada más que el miedo, le hicieron comerse la corteza del queso, beberse el aceite y cazar salamanquesas que no se atrevió a comer. Y el hambre, sólo el hambre, le llevó a los olivos cercanos a coger aceitunas que, aunque indigestas, eran fuente de energía y de esperanza.

Cierto día, un bulto apareció ante la puerta entornada, haciendo al corazón de Don Emilio saltar en su pecho. Cuando se recobró del susto, fue caminando despacio hasta ver un paquete grande, envuelto en periódicos atados con cuerda. Mirando a ambos lados tomó el bulto, cerró la puerta y se apresuró a abrirlo. Si antes había brincado su corazón, ahora el estómago del maestro crujía de entusiasmo y agradecimiento: pan tierno, queso viejo, vino, altramuces, tomates y fruta en almíbar, rodeaban un perol de garbanzos aún tibios. Trató de no dejarse llevar por la glotonería, pero el agónico llanto de sus tripas le obligó a devorar las legumbres sin respirar. Bendita galbana tras el festín, recostado en la silla.

Limitó las futuras comidas tras leer las hojas de los diarios del salvador hatillo. La guerra proseguía en todo el país, los frentes se multiplicaban y el gobierno se había ido a Valencia. Ya había entrado diciembre, que dio paso a enero, y luego a febrero. El tiempo, que no los trenes, pasaba por la estación de Villa de Vega con parsimonia, tedioso y hambrón entre paquetes que no faltaron durante dos meses más, ahora envueltos en trapos.

El 3 de febrero de 1937, a las 8:25, un demacrado Don Emilio escuchó el sonido de un tren que se acercaba. Peor aún, observó cómo se detenía en la estación, procedente del sur. Al pellizco de pánico le siguieron tres profundas inspiraciones y la peregrina idea, tantas veces desechada y aceptada, según el ánimo, de colocarse en la cabeza la gorra de Jefe de Estación. Esa gorra podría salvarle la vida o condenarle al paredón, pero no había tiempo ni lugar para la huída. Según los manuales debía salir al andén, aunque no era necesario ser más cumplidor que el propio Montilla. Esperó.

Al cabo de un minuto, más que entrar, barrenó la puerta un capitán del ejército, seguido de otro militar menos iracundo. Vociferó el primero órdenes a Don Emilio para que le diese el teléfono, pero la línea estaba cortada desde hacía meses. Tragando saliva por litros, trató el maestro de salir al paso de todas las cuestiones que brotaban con virulencia de la boca del capitán, quien salió el andén y gritó hasta desgañitarse mientras decenas de soldados formaban junto a los vagones de mercancías.

Creyó morirse allí mismo cuando escuchó a aquél berrido de uniforme decir que esperarían “el tiempo que fuese preciso” hasta que llegase otro tren con carbón. Habían cargado los vagones, pero no la máquina. Así mostraba esa incontenible ira.

El capitán ordenó a un grupo que se acercasen al pueblo a informar de la situación y buscar dónde alojarse. Más tarde, volvió un soldado que murmuró algo al capitán y el pequeño ejército empezó su marcha hacia el pueblo. No habían caminado ni veinte pasos cuando se detuvieron a la estridente orden de su capitán, que se volvió hacia Don Emilio y le mandó acompañarles. Este imprevisto ni se le había pasado por la cabeza al maestro. Volvió el pellizco con más fuerza, y el sudor, mientras trataba de vocalizar alguna excusa, pero ante la mirada fría e impaciente del capitán, optó por echar a andar.

Perdía el aplomo a chorros mientras a cada paso le inquietaba más la expectativa de presentarse en el pueblo como un aparecido. Se quitó la gorra para secarse el sudor, pero le había dado tanta importancia a la prenda que se la puso de inmediato. Eran cerca de la once, de modo que los vecinos andarían ya en sus quehaceres diarios.

El alarmante silencio fue pisoteado por las botas de los visitantes. Nadie por las calles, la taberna cerrada, ventanas rotas, la iglesia quemada… Villa de Vega en cuerpo presente.

Mientras se afligía Don Emilio, el capitán bramó algo a sus hombres y se perdió en el interior de la cantina tras romper la cerradura de un tiro. Los demás comenzaron a correr entrando en cada casa, buscando algo o a alguien. Y, de pronto, se encontró solo. Corrió a su casa, cerró la puerta con llave y derramó en llanto una mezcla de miedo y tristeza.

—¡Capitán, capitán —gritó uno de los militares— venga corriendo!
Como si de un ascenso general se tratase, todos corrieron hacia donde corría el soldado, que cruzó un gran portón de madera tras el cual había un enorme montículo de piedras negras: carbón. Aulló el capitán pidiendo carros, carretas, canastas, “los puñeteros bolsillos” o lo que fuese para llevarlo al tren. En dos horas escasas habían atiborrado la máquina y derrengado al fogonero volcando espuertas. Exultante y soberbio, el capitán ordenó, cómo no, a gritos, subir al tren y usurpó las funciones del Jefe de Estación dándole la salida a su tren. Al fin y al cabo, alguien con un despacho tan cochambroso no era digno de ostentar el cargo de jefe de nada. El tren partió llevándose el carbón y la guerra.

Villa de Vega fue resucitando con la misma cachaza que le otorgó el tiempo, con nuevos habitantes llegados finalizada la contienda. Hubo más de una madrugada bochornosa, negra de grillos y de muerte. Unos cuantos lograron escapar, sin olvidar a su maestro, habitante de la estación, a quien enviaban algo de comida cuando era posible, pero desde el cura hasta el carpintero todos resultaron sospechosos a ojos del alcalde de Castillares y sus acólitos fusileros. Vaciaron por completo el pueblo al que Don Emilio había enseñado, y siguió haciéndolo hasta su muerte, a leer y escribir, a razonar, a entender y a perdonar.

La historia había pasado de puntillas por Villa de Vega durante siglos, para luego pisotearla con descuido, mordida por la sinrazón y la guerra.