"Con los pensamientos todo cuidado es poco, algunos se nos presentan con un aire de inocencia hipócrita y luego, pero ya demasiado tarde, manifiestan lo malvados que son." José Saramago

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jueves, 29 de diciembre de 2011

Y CHITA DIJO CHITÓN

Acabo de enterarme del fallecimiento de Chita, noticia que he recibido salpimentada con el descubrimiento por mi parte de diversas cuestiones que me eran desconocidas.

Lo primero que debo aclarar es el motivo de haber escrito “fallecimiento” cuando es un término que parece exclusivo de los seres humanos, y no de los animales, que suelen morir, y no fallecer. Pues bien, Chita era casi humana: al margen de su fisonomía, porque no me negaréis que no hay personas con menos carisma, atractivo y educación que ella, y se me ocurren varias sin pensar demasiado, Chita ha llegado a ser una octogenaria estrella del cine que se retiró a vivir su olvido a un lugar lujoso y lejano, apartada del mundo.

Llegados a este punto, debo reconocer mi sorpresa al enterarme de que “la mona Chita” nunca fue tal mona, sino mono, un chimpancé macho cuyo nombre condicionó su sexualidad pública, que de la privada no tengo noticia, pues no se hizo referencia en su escueta biografía a posibles herederos o a descendencia alguna, distinción ésta que dependerá de los bienes materiales de que dispusiera la fenecida, bueno, ya el fenecido, aunque me cuesta cambiar tras una vida entera pensando que era ella y no él.

Otra cuestión es la de su longevidad. Poco ducho en cuanto a duración de vidas animales, salvo las siete con que cuenta un gato, sin saber cuánto tiempo suma cada una de ellas, me ha parecido entender que Chita ha vivido entre veinte y treinta años más que los monos de su especie, aproximadamente los mismos años que suelen tratar de quitarse otros personajes del mundo de la farándula a base de operaciones y otras técnicas de ficticio rejuvenecimiento, como parejas mucho más jóvenes u ocultación indebida del DNI.

Cachondeítos aparte, Chita es uno de mis tiernos recuerdos de infancia, los de personajes entrañables, de películas de sábado por la tarde en el sofá, bien arrebujado bajo la manta, con tres razones para no cambiar de canal: la primera es que no había otro que ver, la segunda es que hacía frío para salir de la manta, que al mando a distancia le faltaban unos años para nacer, y la tercera es que me gustaban aquellas películas en las que el furtivo de turno hablaba de Tarzán despectivamente, como si de un indígena cualquiera se tratase, mientras proseguía mellando elefantes, incauto, sin presumir que en cualquier momento aparecería el rey de la selva enganchado a una liana que parecía colgar de las nubes, gritando sus temibles falsetes, ese Tarzán que nadaba como un poseso, destripando cocodrilos, tal vez los únicos animales que no le reconocían como rey de la selva y lo veían más como un canapé de músculos. Y a su lado, siempre, Chita saltaba entre muecas y gritos de ánimo, dando palmas, poniendo la boca como un cero para luego abrirla hasta dejarnos ver sus amígdalas, si es que los monos las tienen. Eran Chita y sus monerías un humano alivio entre tanta salvajada.

Al menos me queda el consuelo de que su fallecimiento, insisto, no me haya pillado en mi desprevenida infancia.

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